sábado, 12 de octubre de 2013

Lampedusa

Hay días en los que me levanto con un ánimo filosófico diferente. Días en que no me apetece defender mis ideas, sino provocar la reflexión en otros. Entonces, me acuerdo del viejo Sócrates dialogando por las calles de Atenas con cualquiera que quisiera escucharle, y resuenan en mi cabeza las palabras de Unamuno:
“Y yo para concluir les diré que si quieren soluciones acudan a la tienda de enfrente, porque en la mía no se vende semejante artículo. Mi empeño ha sido, es y será que los que me lean piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido nunca el de darle pensamientos hechos. Yo he buscado siempre agitar, y a lo sumo, sugerir más que instruir. Si yo vendo pan, no es pan, sino levadura o fermento.”
Por ello, creo que no estaría de más que le dedicásemos un poco de tiempo esta semana a pensar sobre la inmigración. Traigo este tema por su actualidad, porque hace sólo 5 días que sucedió la «Tragedia de Lampedusa», hecho que parece hablar por sí mismo, o más bien gritarnos reclamando atención. Lo pasado en Lampedusa no habla sólo de un número de personas detenidas, fallecidas o desaparecidas. Me interesa sobre todo pensar cómo es posible que a los más de 200 fallecidos se les conceda la nacionalidad europea y se les dé entierro en suelo italiano, mientras que los supervivientes se convierten en delincuentes y se les expulse. 

Visto lo visto, ¿Qué podemos decir de todo esto? ¿Es un caso más de hipocresía por parte de los políticos? La inmigración no se puede parar construyendo vallas o poniendo multas, y efectivamente así ocurre. El flujo de inmigrantes que llegan a suelo europeo no se detiene, agrandando así las reservas de trabajadores precarios y beneficiando a los de siempre. Entonces, ¿Por qué dejan que se mueran unos pocos?


Escrito por Álvaro y editado por  Akalib


Nota de redactor: La historia se repite, días después de la tragedia de Lampedusa mueren cincuenta personas más, entre ellas diez niños, intentando llegar a las costas españolas.

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